ALÉTHEIA

Adelanto exclusivo de la cuarta novela de la saga ALÉTHEIA

ALÉTHEIA 4

Capítulo 1 — «ULL-01»

Adelanto exclusivo

ALÉTHEIA no dormía nunca. A una hora precisa, PROMETEO atenuaba las luces, reducía la temperatura en las zonas comunes y apagaba las fuentes ornamentales. Los módulos de OCIO quedaban vacíos, con los comercios cerrados, los restaurantes en pausa y las galerías recorridas solo por equipos de limpieza.

Siempre quedaba un turno de guardia en CONTROL, personal de mantenimiento revisando sistemas y médicos de emergencia capaces de pasar del sueño a un quirófano en menos de un minuto.

Era una forma de descanso pactada. La nave seguía respirando por dentro, pero lo hacía en voz baja.

En el camarote del Capitán, la calma tenía otro sonido.

Un ronquido profundo dominaba la habitación.

Había madera clara en las paredes, una mesa pequeña con dos libros impresos y un sillón demasiado cómodo para alguien que siempre decía no tener tiempo de sentarse.

La cama era amplia. A GAIA le daba igual. La gata dormía pegada a él, ocupando el espacio justo para obligarlo a permanecer torcido. Abrió un ojo, lo miró sin prisa y esperó a que el siguiente ronquido confirmara que la situación no iba a corregirse por sí sola. Después levantó una pata blanca y la apoyó sobre la boca del Capitán.

El ronquido terminó convertido en un resoplido breve.

GAIA dejó la pata allí unos segundos y volvió a cerrar los ojos cuando el silencio regresó al camarote.

El Capitán comenzó a respirar por la nariz con cierta dificultad. En otra circunstancia habría despertado y murmurado alguna amenaza sin consecuencias sobre expulsarla de su cama. Pero aquella noche el cansancio pesaba más. Había pasado las últimas semanas entre informes de reparación de PRAETORIAE, presupuestos de sustitución de TORO, discusiones con la Agencia, revisiones de seguridad en hangares y conversaciones demasiado largas sobre todo lo que ALÉTHEIA aún podía hacer y todo lo que no debía hacer aunque pudiera.

La paz duró menos de diez segundos.

GAIA levantó la cabeza, giró las orejas hacia la puerta. El animal quedó inmóvil, sentado sobre la cama, mirando hacia un punto indeterminado. Escuchaba algo que aún no pertenecía al mundo humano.

El Capitán percibió aquel cambio desde el fondo del sueño. No llegó a entenderlo, pero una parte antigua de su cerebro aceptó que si GAIA había dejado de molestarse por sus ronquidos era porque existía una molestia mayor. Abrió un ojo con esfuerzo y vio la silueta de la gata.

GAIA no lo miró. El Capitán parpadeó, aún medio dormido, y buscó con la mano el reloj de la mesilla. No llegó a tocarlo. La pantalla se encendió sola, pero no mostró un resumen de navegación, ni la hora, ni ninguna de las notificaciones menores que PROMETEO reservaba para la mañana.

Solo un fondo rojo acompañado de un pitido incómodo.

EMERGENCIA GENERAL.

PERMANEZCAN EN SUS CAMAROTES.

NO ABANDONEN EL MÓDULO.

TENGAN PREPARADAS LAS MÁSCARAS DE PROTECCIÓN RESPIRATORIA.

El Capitán terminó de despertarse de golpe.

Se incorporó con tanta rapidez que GAIA saltó al suelo y se refugió bajo el sillón, ofendida por haber sido desplazada en plena crisis. La iluminación ambiental subió dos niveles y cambió de color a un blanco limpio.

El Capitán miró el terminal de comunicaciones antes de que sonara.

Sabía que iba a hacerlo.

Sonó.

No dejó que completara el primer tono.

La voz que respondió pertenecía al turno nocturno de CONTROL, pero no era la voz que él esperaba. Demasiado rápida. Demasiado joven. Demasiado consciente de estar llamando a alguien que no debía ser despertado salvo que el manual hubiera dejado de servir.

El Capitán ya estaba fuera de la cama. Cogió los pantalones del uniforme del respaldo de una silla y se los puso sin soltar el terminal.

Al otro lado hubo una pausa mínima. En una emergencia, medio segundo podía sonar como una confesión.

El Capitán se quedó quieto.

No hizo falta preguntar cuánto. Nadie llamaba al Capitán de madrugada por una fuga pequeña de amoníaco en un módulo diseñado para trabajar con amoníaco. ULL-01 era el intercambiador principal de ALÉTHEIA, el corazón térmico de una ciudad de casi un kilómetro. Allí el agua cedía calor, el amoníaco lo arrastraba hacia los radiadores inferiores y una red de bombas mantenía en equilibrio una cantidad absurda de energía que, en circunstancias normales, nadie veía ni agradecía. Si PROMETEO había emitido un aviso de máscaras en camarotes, la fuga no estaba contenida.

El suelo se desplazó bajo sus pies.

No fue un temblor. Fue una desaceleración seca, impropia de una nave que se enorgullecía de que nadie pudiera sentir sus maniobras. El Capitán apoyó una mano en la pared antes de perder el equilibrio. Sobre la mesa, uno de los libros impresos se deslizó hasta chocar con una taza vacía. La taza cayó sobre la alfombra y rodó hasta detenerse junto al sillón. GAIA bufó desde debajo, indignada por el colapso de la civilización.

ALÉTHEIA no se sentía al moverse.

Aquello se había sentido.

El Capitán abrió el panel del armario y sacó la chaqueta del uniforme. No se abrochó todos los cierres.

La voz al otro lado se apagó un segundo. Él no necesitó verla para imaginar la cara de quien acababa de recibir una orden que sonaba cruel y que tal vez salvaría la vida de los rescatadores.

El Capitán cortó la comunicación, se agachó para mirar bajo el sillón y encontró dos ojos verdes clavados en él.

GAIA respondió con un maullido bajo, más cercano a una queja administrativa que al miedo.

Abrió el compartimento inferior de la pared y comprobó que la máscara de protección respiratoria estaba en su sitio. No se la puso, pero la enganchó al cinturón. Después se dirigió a la puerta. Antes de abrirla, la pantalla repitió el aviso de emergencia con una voz neutra que no pertenecía a PROMETEO, sino al sistema civil de evacuación.

El Capitán se detuvo un instante.

Aquella voz había sido grabada quince años atrás, durante las pruebas de puesta en marcha. La habían escuchado cientos de veces en simulacros, siempre precedida de una advertencia amable, siempre con niños riendo en los pasillos porque un simulacro era una interrupción de las clases y una excusa para colocarse máscaras demasiado grandes.

Esa noche no había aviso de simulacro.

La puerta del camarote se abrió.

El pasillo estaba lleno de luz de emergencia y de puertas cerradas. Detrás de algunas se oían voces. En otra, un niño lloraba mientras un adulto repetía que no pasaba nada con una insistencia que demostraba lo contrario. En la pared, todos los paneles domésticos mostraban el mismo fondo rojo. Los altavoces no gritaban. PROMETEO jamás gritaba. Pero la calma mecánica de la advertencia hacía más difícil ignorarla.

El Capitán avanzó hacia el ascensor de servicio. A mitad del pasillo, una compuerta estanca descendió desde el techo con un sonido grave, lento y definitivo. No era una puerta de uso habitual. Durante años había permanecido oculta tras un falso panel decorativo, confundida con una junta de expansión por la mayoría de los vecinos del módulo. Al bajar, reveló un grosor absurdo para un espacio residencial: acero compuesto, sellos de presión, anclajes hidráulicos y una franja amarilla que apareció por primera vez ante ojos civiles.

Una mujer abrió la puerta de su camarote justo cuando la compuerta terminaba de encajar. Llevaba una bata y una máscara en la mano.

Él no se detuvo del todo.

El Capitán miró la compuerta cerrada. Luego la miró a ella.

La mujer tragó saliva. Asintió una vez y retrocedió hacia su camarote. No pareció tranquilizada, pero sí obedeció. En ALÉTHEIA, durante una emergencia real, eso era lo máximo que se podía pedir.

La nave entera empezó a cambiar mientras él avanzaba.

En Jardines Centrales, las luces cálidas que simulaban faroles de jardín fueron reemplazadas por balizas blancas en el suelo. Un matrimonio que había salido a caminar de madrugada quedó inmóvil ante el cierre de una compuerta de sector. Habían vivido doce años junto a aquella pared sin saber que podía partir el parque en dos.

En OCIO, los escaparates nocturnos se apagaron uno tras otro. Un robot de reparto quedó detenido en mitad de una galería con una bandeja de bollería sellada que nadie iba a recoger. En SPORT, las cintas de entrenamiento se bloquearon y los usuarios cayeron hacia delante cuando la desaceleración de emergencia se sumó al frenado interno. Uno de ellos se rompió la nariz contra la goma de seguridad y, durante unos segundos, creyó que su hemorragia era la razón de todas las alarmas.

En los módulos HOME, la falsa noche desapareció de miles de pantallas. Familias enteras despertaron con el mismo mensaje rojo delante de la cama. Algunos adultos buscaron las máscaras con torpeza, otros llamaron a vecinos que no podían contestar, y unos pocos, los peores, abrieron la puerta para mirar el pasillo justo cuando los altavoces repetían que no lo hicieran. PROMETEO cerró accesos, bloqueó ascensores, cambió rutas de ventilación y redujo el caudal térmico en módulos no esenciales. Las cocinas privadas perdieron potencia. Los laboratorios entraron en suspensión. Los talleres industriales quedaron a oscuras salvo por una línea mínima de seguridad. Todo lo que producía calor sin contribuir a mantener viva la nave fue reducido, desconectado o pospuesto.

ULL-01, en cambio, ardía de frío.

No había llamas en el intercambiador. No hubo una explosión hermosa, ni una nube de fuego, ni un destello visible desde el exterior. La catástrofe real fue más sucia y más rápida. Una grieta interna, escondida donde ninguna inspección visual podía encontrarla, se abrió por completo en una conducción primaria sometida a quince años de trabajo, vibraciones, dilataciones, reparaciones de guerra y un viaje reciente a través de un entorno magnético que había castigado sistemas que se suponían protegidos. La rotura liberó amoníaco líquido a presión en una de las cubiertas inferiores del módulo. Al contacto con la atmósfera, parte del fluido se evaporó de forma violenta, robando calor al aire, a las barandillas, a las escaleras, a la piel y a los pulmones de cualquiera que estuviera demasiado cerca.

Dos técnicos de guardia estaban en una plataforma intermedia, junto al panel de derivación secundaria. Habían terminado una ronda y se habían permitido diez minutos de cartas sobre una caja de herramientas cerrada. No estaban incumpliendo ningún protocolo grave. Estaban despiertos, dentro de su sector, con los sensores en nominal y las máscaras a menos de cuatro metros. Uno de ellos llegó a levantarse cuando escuchó el primer golpe. El otro miró hacia abajo, hacia la niebla blanca que subía desde la cubierta inferior con una velocidad imposible.

No llegaron a tocar las máscaras.

En la cubierta superior, un equipo de limpieza nocturna oyó la alarma local y trató de retroceder hacia la salida de servicio. PROMETEO cerró una compuerta delante de ellos y otra a su espalda, no porque quisiera atraparlos, sino porque el algoritmo había calculado que dejar abierto aquel tramo contaminaría dos corredores residenciales y un acceso médico. Durante veintisiete segundos, los cuatro trabajadores quedaron en una bolsa de aire decreciente, con amoníaco filtrándose por el retorno de ventilación antes de que las válvulas terminaran de sellar. Dos se colocaron las máscaras a tiempo. Una mujer se cayó cuando el suelo escarchado le hizo perder pie. El cuarto intentó levantarla y respiró demasiado profundo.

La emergencia ya no era una avería. Era una lista de nombres.

El Capitán llegó al ascensor de servicio cuando el sistema lo bloqueaba.

El panel tardó menos de un segundo en reconocer su voz, pero no abrió.

La pantalla mostró un trazado que atravesaba dos corredores técnicos, bajaba por una escalera presurizada, cruzaba parte de SEC y subía hacia CONTROL primario por una vía reservada a emergencias de mando. Tardaría nueve minutos más que la ruta habitual.

Nueve minutos, en una nave que acababa de empezar a cerrar sus propias arterias, era una obscenidad.

La puerta se abrió a un ascensor vacío. Al entrar, el Capitán notó otra variación en la gravedad. No fue una pérdida completa, sino una corrección brusca, una especie de tirón vertical que le comprimió las rodillas. Los compensadores estaban funcionando, pero no para que la gente caminara cómoda. En ese momento obedecían prioridades más antiguas: mantener depósitos sujetos, reducir tensiones en la estructura hexagonal, impedir que una masa enorme de fluido en fuga convirtiera ULL-01 en un ariete interno.

El ascensor descendió dos niveles parciales y se detuvo antes de tiempo. Las puertas se abrieron a un corredor técnico que no formaba parte de la vida cotidiana de casi nadie. Allí no había madera clara, ni carteles culturales, ni plantas, ni pantallas con paisajes. Solo paneles metálicos, tuberías etiquetadas, luces frías y marcas en el suelo. El Capitán empezó a correr.

A mitad del corredor, el terminal volvió a sonar.

Su voz era reconocible incluso filtrada por la comunicación de emergencia. No había pánico en ella, pero sí una tensión compacta, una forma de hablar más baja que de costumbre.

El Capitán dobló una esquina y pasó junto a dos agentes de Seguridad que corrían en sentido contrario con máscaras, mantas térmicas y un equipo portátil de sellado. Uno de ellos hizo ademán de detenerse al verlo. El Capitán negó con la mano y siguió avanzando.

Haru no contestó inmediatamente. El Capitán odiaba esas pausas más que las malas noticias.

Haru respiró una vez, cerca del micrófono. Al fondo se oían voces, pasos, el pitido de una consola saturada de avisos.

La respuesta tardó menos de un segundo.

La comunicación se cortó.

El Capitán llegó a la escalera presurizada. Allí encontró a Rose.

Venía desde el otro extremo del corredor, con el uniforme incompleto, el cabello recogido de cualquier manera y la chaqueta de primera oficial cerrada un punto torcida. No llevaba maquillaje. En otra persona habría parecido desorden. En Rose, incluso aquella falta de preparación parecía una decisión tomada deprisa y ejecutada con eficacia.

Caminaron juntos hacia CONTROL. No corrieron del todo. Correr en una nave sometida a ajustes de gravedad, desaceleración y cierres automáticos era una buena forma de convertirse en otro problema. Rose llevaba una tableta en la mano. La pantalla mostraba el mapa de aislamiento: ULL-01 en rojo, varios corredores en naranja, rutas médicas en azul y una zona gris donde los sensores habían dejado de ofrecer datos fiables.

El Capitán miró el mapa mientras caminaba. ULL-01 aparecía como una herida vertical atravesando dos niveles de la nave. No era el único intercambiador térmico de ALÉTHEIA, pero sí el más grande, el más viejo y el que conectaba parte del sistema inferior con las ampliaciones del nivel dos. Había sido diseñado para no fallar, mantenido como si no pudiera fallar y reparado tantas veces que todos habían empezado a confundir resistencia con inmunidad.

Rose no respondió con la misma rapidez.

El Capitán no dijo nada. No hacía falta. Yrsa llevaba poco tiempo como responsable de ULL. Había heredado un sistema que otros habían construido, ampliado, forzado y parcheado durante años. Eso no la hacía culpable. Tampoco la protegía de sentirse culpable. En ALÉTHEIA ambas cosas podían ser verdad al mismo tiempo, y esa era una de las razones por las que mandar la nave se parecía tan poco a mandar una máquina.

CONTROL primario los recibió con demasiado ruido.

No era el ruido de la indisciplina, sino el de una sala que trabajaba al límite. Operadores hablando en voz baja y rápida. Pantallas cambiando de configuración. Mapas térmicos. Rutas bloqueadas. Diagramas de presión. Listas de personal. Alertas médicas. Un modelo tridimensional de ALÉTHEIA flotaba sobre la mesa central, con el módulo ULL-01 marcado en rojo oscuro y pequeñas líneas luminosas que se apagaban una tras otra a medida que PROMETEO aislaba circuitos.

El turno nocturno parecía diez años más joven de lo necesario. O quizá el Capitán nunca se había fijado en lo jóvenes que eran hasta verlos enfrentados a una emergencia que no estaba en ningún simulacro. Una oficial se levantó de la silla al verlo, pero él le indicó que siguiera trabajando.

La sala no se calló por completo. CONTROL no podía permitirse el teatro de detenerse para escuchar a su Capitán. Pero las voces bajaron medio tono, y eso bastó.

Rose ocupó su puesto junto a él sin pedir permiso. En pocos segundos ya estaba redistribuyendo canales, autorizando rutas médicas y cerrando comunicaciones no prioritarias de ciudadanos que llamaban a CONTROL para preguntar lo que nadie podía responder todavía.

El Capitán miró el modelo de la nave. Durante quince años había visto aquel esquema miles de veces. En informes, simulacros, inauguraciones, discusiones técnicas, presentaciones para niños, reuniones de emergencia que al final no habían sido emergencias. Siempre le había parecido una forma elegante de representar algo demasiado grande para estar en una pantalla. Esa noche, por primera vez, el mapa parecía una radiografía.

La voz de la IA respondió sin demora.

La sala pareció encogerse.

Nadie dejó de trabajar, pero todos lo oyeron.

El Capitán mantuvo la vista en el mapa. Había aprendido hacía años que un silencio breve de quien manda puede desordenar más que un grito. La tripulación necesitaba saber que él había oído lo mismo que ellos y que seguía allí.

Rose levantó la mirada de su consola. No dijo nada. No hacía falta.

El Capitán activó el canal de mantenimiento y seguridad.

La voz de Marcus entró primero.

Haru apareció en el canal con un ruido de fondo metálico.

El Capitán miró a Rose.

Rose abrió canal sin apartar los ojos de su pantalla.

La respuesta llegó entre voces, golpes de instrumental y un sonido de ruedas que pasaban demasiado cerca del comunicador.

El Capitán casi sonrió. Casi.

Clarsson cortó sin despedirse.

En el modelo central, una ruta azul se abrió hacia el sector superior de ULL-01. Era estrecha, intermitente, rodeada de rojo. PROMETEO la marcó como viable con riesgo alto. Haru la aceptó con una autorización técnica. Rose la duplicó en las pantallas de Seguridad. Marcus no pidió confirmación por tercera vez.

El Capitán observó cómo cuatro puntos verdes cruzaban una compuerta que jamás debería haber sido abierta en aquellas condiciones.

Durante los siguientes minutos, CONTROL dejó de ser una sala y se convirtió en una cuenta atrás. La concentración de amoníaco bajaba en el corredor superior, pero no lo bastante. La temperatura subía, pero seguía siendo capaz de quemar piel expuesta en segundos. Una de las cámaras mostraba solo niebla y luz reflejada en cristales de hielo. Otra ofrecía la imagen inclinada de una pasarela cubierta por escarcha, con barandillas deformadas y una señal de advertencia partida en dos. Los trajes de Seguridad avanzaban sujetos por líneas, lentos, demasiado lentos para cualquier persona que mirase desde fuera y lo bastante lentos para no morir dentro.

En la pantalla apareció una figura sentada contra la pared, con la máscara puesta y las manos aferradas al arnés de seguridad. Uno de los agentes la levantó con cuidado. La persona intentó caminar, pero las piernas no respondieron.

Nadie celebró nada. Todavía no.

El segundo trabajador estaba tendido boca abajo cerca de la compuerta interior. La máscara seguía sellada, pero el visor estaba cubierto de escarcha por dentro. Marcus se arrodilló junto a él, comprobó el pulso con movimientos torpes por los guantes y levantó dos dedos hacia la cámara.

El tercer trabajador apareció detrás de una caja de herramientas volcada. Estaba consciente. Movía una mano contra el suelo, quizá intentando llamar la atención, quizá intentando apartar algo que no existía. Cuando uno de los agentes se acercó, la imagen se llenó de niebla. Durante unos segundos no hubo más que blanco y respiraciones amplificadas por los micrófonos.

La señal crítica seguía intermitente unos metros más allá, demasiado cerca de una compuerta interior que daba al núcleo contaminado. Haru había repetido tres veces que no garantizaba el suelo pasado ese punto. PROMETEO había reducido la estimación de supervivencia a menos de tres minutos, con baja fiabilidad. Baja fiabilidad era una expresión técnica cómoda para decir que quizá aquella persona ya estaba muerta y la nave aún no había aceptado el dato.

Marcus llegó hasta ella.

La cámara mostró una bota, una mano sin guante y una mascarilla mal ajustada. No se veía el rostro. Marcus se inclinó, colocó dos dedos en el cuello de la persona y permaneció así un segundo más de lo necesario.

Haru respondió antes que el Capitán.

El Capitán no intervino. Aquella era la clase de intercambio que significaba que los dos estaban trabajando bien.

Los cuatro heridos salieron por la compuerta norte siete minutos después de que Marcus entrara. Los equipos médicos los recibieron al otro lado con mantas térmicas, oxígeno y camillas improvisadas. Uno de los vehículos que esperaba no era una ambulancia, sino una furgoneta de mantenimiento con el logotipo de AGRO todavía visible bajo las luces de emergencia. Habían retirado cajas de herramientas para sujetar una camilla en el suelo. Nadie se molestó en ocultarlo. Esa noche cualquier cosa con ruedas servía.

En CONTROL, la ruta azul se cerró.

Haru bloqueó la compuerta desde su consola.

Quedaban dos señales sin vida dentro de ULL-01.

El Capitán miró sus identificadores en la pantalla. No eran números para él, aunque todavía no hubiera visto los nombres completos. Eran dos puntos quietos en una zona roja, dos personas que habían empezado un turno nocturno confiando en que la nave, como siempre, sabría mantenerse a sí misma bajo control.

Rose cerró los ojos medio segundo. Luego volvió a abrirlos y siguió trabajando.

El Capitán sabía que aquella frase era cierta. También sabía que no significaba lo que cualquiera habría querido que significara. Estable no era segura. Estable no era intacta. Estable no era viva.

Una llamada médica entró por el canal prioritario. Rose la aceptó.

Clarsson apareció en una de las pantallas secundarias. Llevaba la bata abierta sobre ropa de descanso y tenía una mancha oscura en la manga. Detrás de él, varios pacientes recibían oxígeno sentados en el suelo porque ya no quedaban camillas libres en aquel pasillo.

Clarsson no contestó a ella. Miró al Capitán.

En CONTROL no hubo ningún sonido nuevo, pero el Capitán tuvo la impresión de que toda la sala había dejado de respirar a la vez.

El Capitán sostuvo la mirada en la pantalla. Clarsson parecía agotado, furioso y absolutamente despierto. Era una combinación en la que solía confiar.

La frase quedó en la sala con una sencillez insoportable.

Dos muertos.

ALÉTHEIA había perdido gente antes. En Thalara. En misiones exteriores. En lugares donde el cielo era real, el suelo podía abrirse y la vida no dependía de una red de bombas, filtros y compuertas. La muerte formaba parte de la exploración, aunque todos se hubieran esforzado durante años en empujarla hacia los márgenes.

Pero dentro de la nave no.

Dentro de casa, no.

El Capitán miró el modelo de ALÉTHEIA suspendido sobre la mesa central. Un único módulo seguía marcado en rojo, y alrededor de él brillaban las rutas de evacuación, los hospitales saturados, las compuertas cerradas y los sectores residenciales donde miles de personas esperaban con máscaras en la mano a que alguien les dijera que podían volver a respirar sin pensar en ello.

Rose asintió y empezó a redactar.

El Capitán continuó mirando el módulo rojo.

Rose levantó la vista.

Rose no preguntó entonces por qué Anna. Esa era una de las razones por las que el Capitán la necesitaba a su lado. Había preguntas cuya respuesta solo ocupaba tiempo y no cambiaba la orden.

En el canal técnico, Haru informó de que los otros tres ULL estaban absorbiendo carga dentro de márgenes, pero que quería radiografías profundas antes de permitir que nadie pronunciara la palabra normalidad. En el canal médico, Clarsson empezó a exigir nombres completos de todos los expuestos. En Seguridad, Marcus pidió autorización para quedarse en compuerta norte hasta que retiraran a los heridos del corredor y alguien le recordó que él también había respirado dentro del traje durante veintidós minutos. En los módulos HOME, los niños seguían llorando, los adultos seguían fingiendo calma y las pantallas rojas seguían repitiendo que nadie debía salir.

El Capitán apoyó ambas manos en el borde de la mesa central.

La nave estaba estable.

ULL-01 estaba muerto.

Dos personas también.

Y, por primera vez desde que ALÉTHEIA había abandonado la Tierra, la ciudad que debía protegerlos de todo había cerrado sus puertas sobre los suyos.

Fin del adelanto

ALÉTHEIA 4 se encuentra actualmente en desarrollo.

© 2026 José Ignacio Perdomo González

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